Cuentan los viejos

En recuerdo de Leoncio Fernández, más que un vecino y más que un amigo,  que además de dejarnos escrito gran parte de lo que aquí se cuenta, dejó un hueco imposible de rellenar.

 

            Cuentan los viejos que en su mocedad vivieron unos tiempos difíciles, tiempos en los que la palabra crisis estaba en desuso porque la mayoría vivían una situación dura y no habían conocido otra mejor. Tiempos en los que la esperanza siempre era la de mantenerse o, a fuerza de sacrificios, ir a mejor, quizás porque para peor era difícil. Tiempos en los que, a pesar de la situación y de los situadores, fueron capaces de ser felices porque de los sueños no se puede adueñar nada ni nadie. Tiempos no muy lejanos que los jóvenes de ahora, los de este mundo de privilegios, difícilmente se pueden imaginar tan cercanos.

            Cuentan los viejos que en sus tiempos jóvenes en Sena, los trabajos necesarios para sacar a la familia adelante resultaban muy duros, que las jornadas duraban desde el amanecer hasta la puesta de sol, rematando con las faenas de casa y de atención al ganado para después cenar y poder descansar hasta la madrugada siguiente.

            Cuentan los viejos que Sena era un pueblo fundamentalmente agrícola y ganadero. Se cosechaban legumbres varias de excelente calidad -entre las que destacan sus lentejas-, trigo, cebada, patatas para el consumo, … El día comenzaba a las cuatro de la mañana, con la pareja de vacas uncidas y el arado para realizar las tareas antes de que calentara el sol. Y si surgían problemas, siempre había un vecino que ayudaba a solucionarlo.

            Se hacían veceras de ovejas, cabras, vacas, caballos, tarea que consistía en hacer turnos de trabajo para cuidar el ganado común, en función de las cabezas de ganado que aportase cada uno. Para el alimento del ganado se recogía hierba segada a guadaña, ‘hijas’ de los árboles, paja de los cereales para mezclarlo con harina cuando escaseaba la hierba.

            Los animales tenían crías, unas se recriaban y otras se vendían. Las vacas se ordeñaban y de la leche se quitaba la nata para hacer mantequilla, una parte para consumirla y otra para venderla.

            Con el paso del tiempo, la labranza se fue abandonando y quedó la ganadería como actividad principal.

            Cuentan los viejos que llegado el otoño, como no había televisión ni radio, las familias se reunían en casa, reuniones que si eran antes de cenar se denominaban calecho y si era después de la cena, filandón. Los hombres hablaban o jugaban a las cartas; las mujeres hilaban -hilar, filar, filandón-, tejían, cosían y algún rato hablaban o jugaban.

            Cuentan los viejos que los hombres trabajaban muy bien la piedra y en estas épocas frías que no permitían tareas de campo, aprovechaban para realizar estos trabajos. Otros, llegado el otoño se tenían que marchar fuera para buscar trabajo, algunos hasta Sevilla, realizando el recorrido a pié calzados con unas madreñas. Otros iban de pastores a Extremadura. Y los más afortunados se quedaban en casa para cuidar el ganado.

            Cuentan los viejos que los inviernos eran muy duros, tras la nevada había que abrir paso de unas casas a otras con la pala y entre los pueblos para poder compartir los servicios, pasos que se cerraban al día siguiente tras otra nevada. A veces las nevadas eran tan grandes que la nieve cubría la mayoría de las casas, por lo que había que comunicarse con los vecinos a través de la chimenea, para comprobar que todo estaba bien.

            Cuentan los viejos que varios vecinos de Sena se fueron para Argentina entre finales del siglo XIX y principios de XX y que después de un tiempo algunos regresaron con dinero, ayudando a la realización de varias obras en el pueblo. Pero éstas son  historias que contaremos en una próxima ocasión.

            Cuentan los viejos que las personas que se fueron haciendo mayores abandonaron las tareas para vivir del subsidio. Los jóvenes, unos se fueron a estudiar y otros buscaron otro tipo de trabajos, quedándose los pueblos sin gente.

            Cuentan los viejos que Sena tenía un barrio un poco alejado, Arévalo, que pereció cuando hicieron el embalse de los Barrios de Luna, en los años 50 del siglo pasado, y que sus gentes, unos se quedaron en el pueblo y otros partieron a diferentes lugares.

            Cuentan los viejos y no solo nos cuentan, sino que además nos dejan sus reflexiones: “… Da mucha pena recordar que en el primer cuarto del siglo XX había aproximadamente unos setenta vecinos, entre los que había familias de ocho, diez o doce miembros que convivían juntos. […] actualmente hay unas cuarenta viviendas que parte de ellas se habitan los fines de semana y tiempo de vacaciones; llegado el otoño la mayoría se marchan para León, aquí el invierno es duro y los que residimos hoy día casi todos somos personas mayores jubiladas. Qué pena da salir a la calle y no ver a nadie y te da tiempo para pensar ¿qué será dentro de diez o quince años que la mayoría no estaremos? Dios dirá …”.

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