Tarjeta de Navidad 2012/2013

 

Con un año duro en el recuerdo y otro incierto a la vista, vamos a procurarnos buenos deseos para el 2013, no sea que se vayan a cumplir:

Que la lotería de Navidad nos traiga salud.

Que llevemos a cabo, por primera vez en la vida, nuestros propósitos del día 1 de enero, aunque ello nos cueste dejar de fumar.

Que aunque los Reyes –los Magos. Sí, sí, los andaluces- no nos traigan nada, tampoco se lo lleven.

Que haya paz para todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Incluso para los de mala. Eso sí, si éstos últimos tienen algún tropezón, que dejen algún diente en el camino.

Que no nos olvidemos que el sur también existe -de momento- y, sobre todo, que lo sigamos recordando dentro de unos días, después de pasar este período tan solidario que nos toca vivir todos los años.

Que las fábricas de armamentos tengan que realizar un ERE de todos sus empleados y éstos tengan que cambiar de oficio para encontrar ocupación.

Que seamos capaces de poner buena cara al mal tiempo, eso nos asegura estar casi todo el año sonrientes. Un buen ejercicio para el corazón.

Que la sanidad, la educación, el medio ambiente y el mundo rural dejen de medirse en términos de rentabilidad económica y empiecen a medirse como lo que son, en términos de rentabilidad humana.

Que la crisis nos enseñe algo. Que nos despierte. Y, sobre todo, que nos haga mejores.

Y que toda la satisfacción se convierta en fines de semana de turismo rural. Y viceversa.

Así  sea.

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Cuentan los viejos

En recuerdo de Leoncio Fernández, más que un vecino y más que un amigo,  que además de dejarnos escrito gran parte de lo que aquí se cuenta, dejó un hueco imposible de rellenar.

 

            Cuentan los viejos que en su mocedad vivieron unos tiempos difíciles, tiempos en los que la palabra crisis estaba en desuso porque la mayoría vivían una situación dura y no habían conocido otra mejor. Tiempos en los que la esperanza siempre era la de mantenerse o, a fuerza de sacrificios, ir a mejor, quizás porque para peor era difícil. Tiempos en los que, a pesar de la situación y de los situadores, fueron capaces de ser felices porque de los sueños no se puede adueñar nada ni nadie. Tiempos no muy lejanos que los jóvenes de ahora, los de este mundo de privilegios, difícilmente se pueden imaginar tan cercanos.

            Cuentan los viejos que en sus tiempos jóvenes en Sena, los trabajos necesarios para sacar a la familia adelante resultaban muy duros, que las jornadas duraban desde el amanecer hasta la puesta de sol, rematando con las faenas de casa y de atención al ganado para después cenar y poder descansar hasta la madrugada siguiente.

            Cuentan los viejos que Sena era un pueblo fundamentalmente agrícola y ganadero. Se cosechaban legumbres varias de excelente calidad -entre las que destacan sus lentejas-, trigo, cebada, patatas para el consumo, … El día comenzaba a las cuatro de la mañana, con la pareja de vacas uncidas y el arado para realizar las tareas antes de que calentara el sol. Y si surgían problemas, siempre había un vecino que ayudaba a solucionarlo.

            Se hacían veceras de ovejas, cabras, vacas, caballos, tarea que consistía en hacer turnos de trabajo para cuidar el ganado común, en función de las cabezas de ganado que aportase cada uno. Para el alimento del ganado se recogía hierba segada a guadaña, ‘hijas’ de los árboles, paja de los cereales para mezclarlo con harina cuando escaseaba la hierba.

            Los animales tenían crías, unas se recriaban y otras se vendían. Las vacas se ordeñaban y de la leche se quitaba la nata para hacer mantequilla, una parte para consumirla y otra para venderla.

            Con el paso del tiempo, la labranza se fue abandonando y quedó la ganadería como actividad principal.

            Cuentan los viejos que llegado el otoño, como no había televisión ni radio, las familias se reunían en casa, reuniones que si eran antes de cenar se denominaban calecho y si era después de la cena, filandón. Los hombres hablaban o jugaban a las cartas; las mujeres hilaban -hilar, filar, filandón-, tejían, cosían y algún rato hablaban o jugaban.

            Cuentan los viejos que los hombres trabajaban muy bien la piedra y en estas épocas frías que no permitían tareas de campo, aprovechaban para realizar estos trabajos. Otros, llegado el otoño se tenían que marchar fuera para buscar trabajo, algunos hasta Sevilla, realizando el recorrido a pié calzados con unas madreñas. Otros iban de pastores a Extremadura. Y los más afortunados se quedaban en casa para cuidar el ganado.

            Cuentan los viejos que los inviernos eran muy duros, tras la nevada había que abrir paso de unas casas a otras con la pala y entre los pueblos para poder compartir los servicios, pasos que se cerraban al día siguiente tras otra nevada. A veces las nevadas eran tan grandes que la nieve cubría la mayoría de las casas, por lo que había que comunicarse con los vecinos a través de la chimenea, para comprobar que todo estaba bien.

            Cuentan los viejos que varios vecinos de Sena se fueron para Argentina entre finales del siglo XIX y principios de XX y que después de un tiempo algunos regresaron con dinero, ayudando a la realización de varias obras en el pueblo. Pero éstas son  historias que contaremos en una próxima ocasión.

            Cuentan los viejos que las personas que se fueron haciendo mayores abandonaron las tareas para vivir del subsidio. Los jóvenes, unos se fueron a estudiar y otros buscaron otro tipo de trabajos, quedándose los pueblos sin gente.

            Cuentan los viejos que Sena tenía un barrio un poco alejado, Arévalo, que pereció cuando hicieron el embalse de los Barrios de Luna, en los años 50 del siglo pasado, y que sus gentes, unos se quedaron en el pueblo y otros partieron a diferentes lugares.

            Cuentan los viejos y no solo nos cuentan, sino que además nos dejan sus reflexiones: “… Da mucha pena recordar que en el primer cuarto del siglo XX había aproximadamente unos setenta vecinos, entre los que había familias de ocho, diez o doce miembros que convivían juntos. […] actualmente hay unas cuarenta viviendas que parte de ellas se habitan los fines de semana y tiempo de vacaciones; llegado el otoño la mayoría se marchan para León, aquí el invierno es duro y los que residimos hoy día casi todos somos personas mayores jubiladas. Qué pena da salir a la calle y no ver a nadie y te da tiempo para pensar ¿qué será dentro de diez o quince años que la mayoría no estaremos? Dios dirá …”.

El otoño se descuelga en Luna

Otoño,  amarillos y rojos de moqueta natural que despeja el horizonte,

ondas de viento fresco y naturaleza juquetona,

suelos pincelados con óleo,

cielos envueltos en celofán gris,

susurros de agua,

llantos en las ventanas.

Otoño, sabor a membrillos dulces,

olor a castañas,

tacto rugoso y suave,

color pastel cálido,

melodía de piano solitario.

Otoño, hastaluego estío y buenasnoches soledad,

mirada del poeta,

musa del artista,

muerte dulce.

Otoño, evocación y dulzura,

alma desnuda,

corazón latente.

Otoño de día pero de más noche,

de montaña lunar y de luna intensa.

Otoño, esperanza de futuro.

Ventana asomándose al otoño.

Otoño rodeando a Días de Luna.

 

El otoño está servido.

 

El otoño con sus efectos especiales.

De ocres y grises

Una vez más, aunque no las suficientes, a la memoria de los desarraigados.

 

S. Pedro de Luna saliendo a flote.

          Hoy me he dado un paseo por el embalse, entre los pueblos anegados. Es un paseo obligado en esta época, porque las circunstancias de aguas bajas lo permiten. Y lo es sobre todo para aquéllos que lo hemos realizado ya en alguna ocasión anterior por lo que tiene de especial. Todo en él es especial. El comienzo es un descenso del nivel normal, el de la rutina, al subsuelo, a esa zona antes desaparecida entre las aguas e inaccesible la mayor parte del año. Y cuando uno está allí todo lo que entra por los sentidos es especial. Especial y triste: los colores, los olores, las texturas, los sonidos, … y si se pudiese comer el paisaje también tendría un sabor especial, especialmente amargo.

Tierra quebrada al pié del puente de S. Pedro de Luna.

           El paseo se vuelve afligido, nada en él invita a la alegría. Un paseo entre ruinas de árboles y casas derruidas con un paisaje en tonos ocres -el color de la tristeza-, el olor a humedad y mohos muertos -muy alejado de ese olor alegre a humedad viva de una lluvia de verano-, la textura en el suelo de barro reseco y agrietado que te cambia el paso, el sonido de desgajo en cada pisada que desgarra el silencio existente. Respiras hondo y todo ese aire rancio se convierte en antiguo que te llena de recuerdos. Recuerdos no vividos. Recuerdos que permanecen impregnados en el paisaje y que se cuelan hasta las entrañas.

Restos de Miñera, con su iglesia aún altiva.

Restos de Miñera, con su iglesia aún altiva.

            Acabado el paseo, uno asciende de nuevo y recupera de nuevo los tonos verdes, amarillos y rojos del paisaje, los tonos de la vida.

            Y a pesar de todo, es un paseo obligado de cada año. Probablemente por esa misma necesidad que tenemos en ciertos momentos de sentir añoranza, de estar en soledad o de escuchar canciones tristes. Por esa necesidad de perder durante algún tiempo algo de vida para después recuperarla y así volver a disfrutarla.

            Y sobre todo, es un paseo obligado de cada año para no olvidar que muy cerca hay paisajes ocres cuyos recuerdos son grises.

Imagen de Miñera en sus últimos días.

Miñera en pleno desalojo, a mediados del siglo pasado.

El fruto del fin del verano

            El final del verano en estas tierras de montaña nos regala, entre otras cosas, un final de fiesta de colores y formas con frutos que han renacido un año más. Nuestro jardín nos permite apreciar algunos, unos fuente de salud y otros prohibidos, pero todos ellos bienvenidos.

            El piracanta o espino de fuego (pyracantha coccinea) con sus abundantes frutos rojos o anaranjados marca los límites de nuestro territorio y se vuelve hostil con aquellos que se toman demasiadas confianzas, clavándoles sus espinas.

Piracanta

            El acebo (ilex aquifolium), que nunca ha estado muy feliz en nuestro jardín, permite tímidamente ver sus frutos aún verdes para no anunciar la navidad tan pronto. Como para soñar no hay que pedir permiso, uno sueña con que lo descubra algún día uno de los osos pardos que tenemos cerca de nuestro entorno.

Acebo

            El tejo (taxux baccata) nos regala la vista con sus curiosos frutos rojos, única parte no prohibida de esta planta venerada por los celtas y presente delante de muchas de las iglesias de estas tierras y las tierras vecinas, que siguen dando cobijo con su sombra a las esperas parroquiales y a los concejos vecinales.

Tejo

            El laurel real (prunus laurocerasus), nos permite ver por primera vez sus frutos aprunados, síntoma de que se está haciendo mayor y que desea seguir haciéndose un hueco en nuestro jardín. En hora buena.

Laurel real

            Los nisos (prunus cerasifera), una fruta muy local que es una especie de endrino de tamaño ciruela, este año algo escasos, están a la espera de apiñarse en los tarros donde nadarán en orujo durante meses para saborizar la bebida digestiva que luego acompañará nuestras comidas.

Nisal

            Las avellanas, siempre con ese flequillo tan mod, que un día de lluvia de chocolate y alguna de nuestras vacas cercanas podrían convertir nuestro jardín en un gran tarro de nocilla.

Avellanas

            Las manzanas de invierno y los membrillos esperan la entrada del otoño para que sus carnes formen parte de los dulces caseros que luego acompañarán buenos quesos en nuestros desayunos.

Manzana de invierno.

Membrillos.

Además de estos frutos de nuestro jardín, la generosidad de la naturaleza en esta época nos permite encontrarnos en muchos de nuestros paseos otros frutos, que por ser tan libres son tan poco apreciados, como los arándanos (vaccinium uliginosum), los endrinos (prunus spinosa), las moras (rubus ulmifolius), el saúco (sambucus nigra), los agracejos (berberis vulgaris), los majuelos -frutos del espino albar- (crataegus monogyna), las mostachas o mostajos (sorbus aria), los capudres o serbal de cazadores (sorbus aucuparia), los escaramujos (rosa canina), … y muchos otros que mi cabeza o mi desconocimiento impiden que aparezcan en esta página.

Bellotas de roble

Escaramujos o tapaculos.

Majuelos, fruto del espino albar.

Endrinos.

Moras de zarza.

Fruto del saúco.

No basta el crecimiento para reducir la pobreza.

Por Alfonso Novales Cinca

Alfonso Novales,  además de montañero insaciable y gran conocedor de estas tierras leonesas de Luna y Babia, es economista, matemático, doctor, académico, profesor de  universidad, escritor de libros y artículos de economía, … y muchas cosas más.

Según estimaciones del Banco Mundial, una de cada cinco personas en el mundo vivía todavía en 2008 en situaciones que podríamos considerar como de extrema pobreza, a pesar del importante descenso registrado en el número de pobres con anterioridad al inicio de la actual crisis económica y financiera.

Sin embargo, la política económica de los distintos países es sistemáticamente diseñada y evaluada en términos del crecimiento del Producto Interior Bruto, tanto por cada país individualmente, como por parte de las instituciones económicas internacionales, como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional ¿Es consistente esta preocupación por el crecimiento de la renta con un alivio de la dramática situación de pobreza?

Para poder responder a este interrogante, hemos de distinguir entre pobreza absoluta y pobreza relativa. La pobreza absoluta es la situación de una persona que vive por debajo de un umbral mínimo de renta, corregido por los precios de los bienes en cada país, y convertido en la moneda correspondiente. La afirmación con que se abre este comentario se refiere a que 1.300 millones de personas, un 22% de la población mundial, vivían en 2008 con menos de 1,25 dólares por día; 2.470 millones, un 42% de la población, vivía con menos de 2 dólares por día. Para el cálculo del número de pobres, el umbral de renta citado se traduce a la divisa correspondiente y se adecúa teniendo en cuenta los precios de los bienes de primera necesidad en cada país.

La pobreza relativa es la situación de una persona que vive por debajo de un umbral de renta definido específicamente para su país. Por ejemplo, la mitad de la renta promedio de dicho país. Ambos conceptos son muy distintos: mientras que, de acuerdo con los registros estadísticos oficiales, no existe pobreza absoluta en los países de la OCDE, entre los que se encuentra España, la incidencia de la pobreza relativa es notable y ha aumentado de modo significativo con la crisis. En España, la pobreza relativa sobrepasaba el 20% de la población en una estimación de este año.

Un país puede tener una importante incidencia de pobreza absoluta sin apenas desigualdad. Por el contrario, la incidencia de pobreza relativa requiere, por naturaleza, un nivel suficiente de desigualdad. La eliminación de la pobreza absoluta debe ser un objetivo primordial del desarrollo económico, en el que deben ocuparse los países ricos y las organizaciones económicas internacionales; la reducción de la pobreza relativa debe ser un objetivo de la política económica en cada país, por las razones que vamos a exponer.

El crecimiento económico es, sin duda, un buen instrumento para luchar contra la pobreza, pero las experiencias históricas disponibles muestran que un mayor crecimiento económico no garantiza una reducción más importante de la pobreza, lo que sugiere que la conexión entre crecimiento y reducción de pobreza depende de distintos factores. En los últimos años, se ha avanzado bastante en la identificación de dos de ellos: la desigualdad en la distribución de la renta, y la calidad de las instituciones políticas y económicas. La aparición de la calidad institucional en el esquema de relaciones entre crecimiento, desigualdad y pobreza ha sido un importante avance del pensamiento económico reciente, aún en fase de controversia entre académicos.

Es fácil ver el modo en que el efecto del crecimiento sobre la desigualdad condiciona la lucha contra la pobreza: Si el crecimiento económico no influyese sobre el nivel de desigualdad, el aumento de renta generado por el crecimiento tendería a reducir la pobreza absoluta. Cuando el crecimiento conduce a una menor desigualdad, tanto la pobreza absoluta como la pobreza relativa pueden disminuir. Pero si el crecimiento hace aumentar la desigualdad entonces es probable que la pobreza relativa aumente; en ese caso, el crecimiento sería contraproducente en la lucha contra la pobreza.

¿Qué sabemos a este respecto? Durante mucho tiempo, se consideró que la desigualdad aumentaba con el desarrollo de un país al pasar trabajadores de tareas agrícolas a una incipiente actividad industrial. Alcanzado un cierto nivel de renta, la desigualdad disminuía al continuar aumentando la renta con el continuo desarrollo del país. Esta teoría ha sido ampliamente refutada por los datos: la creencia actual es que el crecimiento económico puede conducir a mayor o menor desigualdad, pues ello depende del modo en que se distribuya entre la población la renta generada con el mayor crecimiento.

Pero, precisamente, el tipo de distribución de la renta depende de las instituciones económicas vigentes en el país que son, a su vez, consecuencia de las instituciones políticas existentes. De aquí que una deficiente calidad institucional sea un freno a la reducción de la pobreza. El crecimiento puede reducir la desigualdad si el mecanismo vigente de distribución de la renta es favorable. Pero el crecimiento también puede aumentar la desigualdad si, en presencia de instituciones políticas deficientes, los grupos afines encuentran modos de apropiarse de una buena parte de la renta generada con el crecimiento económico, en cuyo caso, la reducción de la pobreza será mínima, o incluso podría aumentar. En tal contexto, el crecimiento económico sólo reducirá la pobreza si el mecanismo distributivo de la renta es mínimamente equitativo, permitiendo el acceso de nuevos ciudadanos a las clases dirigentes y haciendo posible que sus valores sociales pasen a jugar un papel relevante en el proceso de evolución de las instituciones políticas formales e informales a través del tiempo. Lamentablemente, existe una notable correlación entre el nivel de desigualdad en un país y la existencia de una clase económica dominante vinculada al poder político, por lo que los países más desiguales son los que tienen mayores problemas institucionales para reducir la pobreza.

La desigualdad juega un importante papel adicional en la reducción de la pobreza, al limitar las posibilidades de crecimiento. Este efecto surge a través de tres canales: en una sociedad desigual, los grupos afines al poder tratarán de instaurar unas instituciones económicas deficientes, que permitan el desvío en su favor de las rentas generadas por el esfuerzo individual de los ciudadanos privados, reduciendo así los incentivos a la inversión y la innovación; unos mercados de capitales imperfectos pueden imponer unas exigencias excesivas a las personas de menor renta para acceder a los créditos que necesitarían para iniciar sus actividades empresariales, lo que dificultará, entre otras cosas, el esfuerzo emprendedor de los más jóvenes; por último, una distribución de renta que no se basa en valorar las diferencias de talento y mérito, tendrá una reducida movilidad social, tendiendo a mantener el nivel de desigualdad e inhibiendo el crecimiento, al reducir los incentivos al esfuerzo y estimular un comportamiento de parasitismo social.

En definitiva, la lucha contra la desigualdad y la búsqueda de la calidad de las instituciones formales e informales, son dos objetivos que ninguna política económica diseñada para luchar contra la pobreza puede ignorar. En particular, los esfuerzos para reducir la desigualdad conllevan un doble beneficio, por las razones analizadas: en primer lugar, porque una menor desigualdad estimula el crecimiento; en segundo lugar, porque en combinación con una buena calidad institucional, la desigualdad eleva la capacidad potencial del crecimiento para reducir la pobreza. Es importante hacer tal esfuerzo, porque vivimos en un mundo muy desigual: el 20% de la población mundial con mayor renta recibe tres cuartas partes de la renta mundial, mientras que el 20% más pobre recibe únicamente el 2% de la renta mundial. Y la población de las naciones desarrolladas, en la que nos incluimos y que está constituida aproximadamente por sólo 1 de cada 5 personas, consume el 85% de los bienes.

Una cena

            Antes de meterme en harina, me gustaría dejar claros unos principios básicos que seguiré utilizando en posteriores citas gastronómicas. Las recetas no tienen dueño –lo siento por aquellos que pretenden llevárselas a la tumba- y como tal pertenecen al universo y al que las realiza mientras dura el acto culinario. Eso quiere decir, entre otras cosas, que no deberíamos tratar de emular a quien nos ha dado a conocer ese plato sino que debemos de ejecutarlo a nuestro estilo. Como en muchos otros aspectos de la vida, la forma de enfrentarse a un plato, su estilo y su resultado final dice mucho de nosotros, así que no perdamos esa oportunidad. Por lo tanto, en muchos casos, no voy a dar cantidades exactas de algunos productos a utilizar porque considero que debe ser vuestro gusto el que se incline por una cantidad u otra y porque yo mismo varío esas cantidades según la ¿inspiración? del momento. Lo que no significa que cuando estemos hablando de platos que necesiten de cantidades exactas para su ejecución, como pueden ser muchos de los postres, os indique las cantidades exactas para llegar a un feliz término. Ánimo, a ilusionarse y a sorprender. Y después a fregar, claro está.

            Nuestra cena actualmente está compuesta de tres elementos comestibles, normalmente uno principal y otros dos secundarios, y un postre. En este caso he elegido una cena cuyos platos no son excesivamente elaborados y que su ejecución está al alcance de cualquiera que le guste la cocina.

            Los componentes de la parte salada de la cena son: lomo de merluza en una tempura de tinta de calamar  con una salsa de pimientos rojos, una tartaleta de puerros y una ensalada de arroces salvajes. El postre es un yogur esponjoso –una mousse, vaya- con una salsa de fresas a la pimienta verde.

Merluza en tempura de tinta de calamar con salsa de pimientos rojos.

            Empezamos con el lomo de merluza en tempura de tinta de calamar. Este plato tiene un pequeño inconveniente y es que para que esté en su punto se debe de freír en el momento en el que se va a comer, porque el rebozado tendrá una textura que no recuperará en otro momento. Por contra, los otros dos componentes se pueden tener ya preparados. Tomamos un lomo de merluza por comensal y lo salamos para que vaya absorbiendo la sal. Para la tempura voy a dar una receta sencilla y efectiva, aunque como sabréis existen multitud de formas diferentes de elaborarla. En este caso la vamos a realizar con agua con gas, evitando la levadura. Tomamos una botella de agua con gas pequeña y bien fría, la vaciamos en un bol, echamos sal y harina en cantidad suficiente para que quede una masa con mucho cuerpo, como un chocolate a la taza espeso. Una vez esté todo bien mezclado, añadimos la tinta de calamar que viene en unas bolsitas pequeñas -4 grs.-. La idea es que la masa quede bastante oscura una vez frita por lo que utilizaremos unas 4 bolsitas para una botella de agua. Nos lavaremos bien las manos porque seguro que las hemos manchado con la tinta de calamar y corremos el riesgo de ensuciarlo todo. Con esto estaría realizado el rebozado y solo faltaría introducir el pescado, recubrirlo bien con la masa y freír en abundante aceite. Para que la tempura quede bien crujiente todos los elementos deben estar bien fríos, tanto la masa como el pescado. El aceite debe de estar bien caliente pero no excesivamente para que no se nos queme la masa o, al contrario, estando templada se enceite demasiado. Podemos probar con una gota de masa que debe bajar hasta el fondo y subir rápidamente.

            La salsa de pimientos rojos con la que acompañaremos el pescado, que además de añadir un sabor nuevo le va a aportar contraste visual, la realizaremos confitando unos pimientos rojos troceados con unos ajos y aceite de oliva virgen. En León contamos con buenas zonas que dan fama al pimiento como son el Bierzo y Fresno de la Vega, así que debemos aprovechar esta posibilidad que se nos ofrece. Una vez bien pochados añadiremos un caldo que los cubra, que en este caso puede ser de pescado -aprovechando las espinas y la cabeza de la merluza-. Hervimos unos minutos los pimientos, rectificamos de sal y trituramos pasándolo por el chino para que no queden restos de piel. Si nos queda demasiado líquido, lo reduciremos al fuego hasta que tenga una textura cremosa. Para los más perezosos o los faltos de tiempo, pueden realizar esta salsa con unos pimientos en conserva, salteándolos en aceite y siguiendo el resto de pasos. No es lo mismo pero saldremos del paso airosamente.

Tartaleta de puerros.

            La tartaleta de puerros lleva como base una masa de pasta brisa o similar y los componentes del relleno: puerros, huevos, nata y queso. La pasta brisa se realiza con huevos, mantequilla y harina, aunque en el mercado podemos encontrar fácilmente pasta brisa fresca o incluso, si tenemos moldes adecuados, podemos utilizar masa de empanadillas –el tamaño grande-. Buscamos unos moldes pequeños adecuados al tamaño de una masa de empanadilla, de forma que una vez cubierta quede una superficie levantada de algo menos de 2 centímetros. Debemos untar los moldes con mantequilla para que no se peguen, los cubrimos con la masa y la rellenamos de garbanzos -u otra legumbre que no vayamos a utilizar- para que no se eleve y se deforme. Horneamos a 180º hasta que la masa haya tomado color. Una vez frías, vaciamos los garbanzos y desmoldamos. Por otra parte, tomamos los puerros bien lavados y los cortamos finamente, pochándolos en una satén con aceite. Para unas 6 tartaletas del tamaño de la masa de empanadillas, necesitaremos unos 6 puerros, dependiendo de su tamaño. Una vez bien pochados, tomamos 2 huevos, 250 grs. de nata, sal y 75 grs. de queso rallado –parmesano, grana padano, de oveja, …- y lo mezclamos todo bien con la batidora. Añadimos los puerros calientes, debiendo  quedar una masa no excesivamente líquida. Repartimos el contenido en las tartaletas y horneamos a 180º hasta que se pongan morenas, sobre un cuarto de hora. Las sacamos y a comer o las reservamos y calentamos posteriormente.

Ensalada estilo alemán de diferentes arroces salvajes.

            Para la ensalada de arroces salvajes utilizaremos unas bolsas que venden en tiendas especializadas con una mezcla de arroces largos: basmati integral, salvaje negro y salvaje rojo. Coceremos la cantidad correspondiente al número de comensales, que como acompañamiento pueden ser unos 25 grs. por persona. El arroz lo coceremos en agua caliente con sal. El tiempo dependerá del tipo de arroces, aunque será más largo de lo habitual por tratarse de arroces más duros. Lo mejor es ir probando hasta que esté a nuestro gusto, pero sin dejarlo pasar y teniendo en cuenta que el que marca la textura es el blanco porque los otros son más duros. Lo escurrimos y lo refrescamos con agua fría para evitar que se pase. Mientras tanto, vamos a realizar la picada para la ensalada, que en este caso la vamos a hacer tipo alemana -por si hay que buscar trabajo-. Para ello picaremos muy finamente cebolleta, pepinillos en vinagre y aceitunas negras deshuesadas, añadiremos maices en conserva y finalmente unas salchichas también picadas en taquitos. Las salchichas que seleccionaremos serán unas buenas -sin pasarse- salchichas alemanas, es decir, que no sean las conocidísimas salchichas de franckfurt que ningún alemán reconocería como suya. Si no tenéis ninguna preferencia, podemos elegir unas tipo bratwurst que se encuentran en los supermercados habituales. El aliño lo realizaremos con un vinagre de nuestro gusto, yo en este caso he utilizado uno de manzana para que no quede muy fuerte ni edulcorado, y un aceite de oliva virgen extra, en una proporción de 3 cantidades de aceite por una de vinagre. Lo batimos para emulsionar juntamos todos los componentes con el arroz frío y escurrido, rectificando de sal si fuera necesario.

            Para darle el útimo toque alemán a la ensalada podemos hacer un salsa para acompañarla mezclando unas cucharadas de mahonesa con un poco de mostaza y unas alcaparras bien picadas. Cuidado con esta salsa porque son sabores que no son del gusto de todo el mundo, así que quedaremos muy bien colocándola a un lado para que sea el comensal quien decida su uso.

Yogur esponjoso con salsa de fresas a la pimienta verde.

            Y remataremos la cena con un postre suave: un yogur esponjoso con una salsa de fresas a la pimienta verde. Para hacer unos 8 postres necesitaremos 375 grs. de yogur natural -en estas tierras leonesas contamos con yogures artesanos estupendos de Mansilla (de oveja), Coladilla (de oveja y de vaca), Ambasmestas (de cabra), … que mejorarían sustancialmente la receta-, 190 grs. de nata, 90 grs. de leche, 90 grs. de azúcar y 2 hojas de gelatina -5 grs.-. La gelatina la remojaremos en agua fría para que ablande. Mientras tanto montamos la nata con el azúcar y templamos la leche para diluir la gelatina ablandada y bien escurrida. Mezclamos los yogures con la nata montada con cuidado de que el montaje se baje lo menos posible. Finalmente añadiremos la leche ya fría con la gelatina, mezclando muy suavemente. Echamos en moldes cortapastas o en vasos de postre y metemos al frigorífico al menos 2 horas para que cuaje la mezcla.

            Para la salsa de fresas, picaremos muy finamente unas fresas y en un cazo las pondremos con la mitad de su peso en azúcar, un poco de zumo de limón y unas pimientas verdes. Pondremos a fuego lento hasta conseguir una salsa con cuerpo y brillante, removiendo de vez en cuando para que no se queme. Se sirve fría, como la venganza. Si realizamos mucha cantidad, la podemos meter en botes de cristal con tapa, la ponemos al baño maría que hierva al menos un cuarto de hora y la guardamos para próximas ocasiones o para tomar como mermelada en los deayunos, acompañar quesos, adornar tartas, mezclar con yogur, hacer un sorbete o un batido, …, es decir, comensales invitados todo el año.

          Otras ideas: para los que habéis aguantado hasta el final, y pensando que sois personas con ganas de invitar a cenar a amigos y familiares -eso sí, no mezcléis los unos con los otros-, podemos concluir que de estas recetas podemos obtener otras muchas con un poco de imaginación. Por ejemplo:

     La tempura nos vale para otros muchos pescados y, como no, para rebozar unos calamares. Si en vez de tinta de calamar le echamos pimentón, curry, hierbas, … habremos conseguido un rebozado totalmente diferente.

       A la tartaleta le podemos cambiar el componente principal, en este caso los puerros, y tendremos una tartaleta de verduras, de gambas, de puerros con gambas, de lombarda, de bacalao, …

        La ensalada alemana típica es con patata, por lo que podemos sustituir los arroces por patata, o las salchichas por atún, o los pepinillos por tomate, los arroces por pasta, …

       El esponjado de yogures lo podemos convertir en una mousse de queso sustituyendo el yogur por una crema de queso, un mascarpone, un queso fresco, … Y la salsa puede ser de una fruta que nosotros elijamos, como la frambuesa, el arándano o la mora.

¡Salud y buen provecho!